miércoles, 19 de abril de 2017

LA CIUDAD SECUESTRADA

La ciudad secuestrada


Para dar una opinión personal lo más ecuánime posible sobre como se sufre la Semana Santa cuando se vive en el casco histórico cordobés es recomendable evitar que el “en caliente” se mezcle con la indignación. Si no lo haces así es fácil dejarte llevar y terminar dándole la razón al cínico amigo mío que arreglaría el problema de la avalancha de hiperdulía que secuestra impunemente durante siete días la libertad de movimientos ciudadana. Su varita mágica construiría en el recinto ferial del Arenal un “semanasantódromo” a imitación del carioca “sambódromo” del marqués de Sapucaí. Leer +


Para reforzar la irónica argumentación pregona como excelencias la mezcla de competición (paso más rápido, elevación máxima de trono, resistencia...) con rentabilidad económica al sustituir los palcos por graderíos que multiplicarían por cien el afán recaudatorio. E incluso abriría la puerta, si se tercia, a exhibiciones de los más fanatizados patrocinando concursos de flagelos y disciplinas.
Boutades al margen, estos días primaverales en los que desde hace milenios las “religiones mistéricas” antiguas celebraban ritos alrededor de dioses jóvenes que sufren el ciclo de pasión, muerte, resurrección para que sus seguidores logren la misma inmortalidad que la divinidad a la que adoran, invitan a la reflexión.
Sin ánimo de diseccionar incongruencias históricas palmarias como las que convirtieron una religión fanáticamente iconoclasta en sus orígenes -ya lo apuntaba Celso- en otra con el mismo nombre e igual de fanática pero ahora con bula para portar sobre los hombros estatuas de dioses antes rechazadas (los amantes de versiones más duras pueden sumergirse en el libro Año 303 a la hora de justificar la invasión del espacio público con fines privados la coartada más recurrente sigue siendo la del rendimiento económico. Pareciera que de existir el personaje histórico de Jesús el Galileo, lo habría hecho única y exclusivamente para salvar los ingresos por turismo y equilibrar la deficitaria balanza de pagos.
Sería absurdo negar el componente popular que en muchos lugares de España acompañan los fastos recubiertos de pátina religiosa, aunque a veces se corra el riesgo -como en la extemporánea reivindicación encabezada por las Juventudes Comunistas sevillanas- de pasarse en la frenada y tampoco tiene sentido desde un planteamiento democrático cuestionar el derecho de los capillitas a manifestar sus creencias de la manera que estimen oportuno. Siempre que se ciñan escrupulosamente a la legalidad y no disfruten de privilegios añadidos. Aunque a muchos les vendría de perlas matricularse en un curso elemental de civismo y empatía para que sapos y culebras no salgan de su boca cuando una vez al año se topan con una manifestación reivindicativa que durante treinta minutos les impide circular por una calle céntrica.
Pero lo que carece de sentido es quitar a la ciudadanía su espacio urbano y mucho menos aún que el Ayuntamiento consienta la privatización de las calles para que en ellas se haga negocio particular. Resultará difícil de creer para quien no sea de aquí, pero esa situación se ha consentido en Córdoba estos días pasados. Basta con darse una vuelta por vídeos y foros para encontrar ejemplos de protestas por el mal uso del espacio público (calles alrededor de la Mezquita) para disfrute de unos pocos. Los que habían pagado el acceso a los palcos.
Como acertadamente definió la concejala de Ganemos Vicky López, no hay que darle más vueltas porque el hecho solo tiene un nombre: “clasismo”. Esa inclinación sempiterna de la oligarquía hispana a considerarse superior y consentir la presencia del pueblo en los eventos sólo si hace el papel de extra o palmero pero nunca de protagonista. Ya se sabe, a la puerta de la caseta de la feria, con cabeza humillada, manos atrás sosteniendo la boina y el “A su servicio para lo que guste, don José” en la boca.
Y que no hablen en nombre de “la tradición” cuando ésta es heredera de una Intolerancia que hunde sus raíces en Trento. No vale tampoco hacer trampas para transformar espectadores pasivos en apoyos activos. El fervor religioso no lo da aceras llenas que también lo estarán en días del desfile carnavalesco o en cabalgatas de mayo, sino la [muy escasa] asistencia a misa dominical o el número de matrimonios consagrados a Dios en un paisaje donde son mayoría opciones alternativas como las uniones civiles o simplemente de parejas “en pecado”.
Conviene recordar que tras la recuperación de los ayuntamientos democráticos, en la Córdoba de Julio Anguita se rompió la tradición franquista del palco... y no pasó nada durante veinte años y que fue el PP quien la recuperó en el 96 aunque cuando se pudo arreglar el desaguisado en el 99, la inefable Rosa Aguilar optó por ser sumisa a los caprichos de los poderes fácticos. Tendemos a obviar que el PP es pura ideología en su gestión de gobierno y pieza clave para mantener su dominio político es poner en pie un tinglado neonacionalcatólico, espíritu franquista incluido. De ahí los privilegios a la Jerarquía católica en la LOMCE, casilla del IRPF o inmatriculaciones. O la absoluta falta de respeto a la neutralidad de poderes de un Estado teóricamente aconfesional pero que cuelga medallas oficiales en vírgenes o pone banderas a media asta por la muerte del dios en el que creen sus gobernantes.
En estos días suele aflorar en España una fauna tan rancia que dan ganas de salir corriendo. Sabemos que está ahí porque siempre lo ha estado y ya la tenemos descontada en el debe. La mejor manera de afrontarla es creando espacios de convivencia plural donde nos sintamos a gusto. Y por ello necesitamos vivir en ciudades que no sean secuestradas periódicamente. Menos aún con la connivencia o dejar hacer de los representantes municipales democráticamente elegidos.
Juan Rivera. Colectivo Prometeo. FCSM.
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